

por David de Santiago Romero
Hace unos meses tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: dejar un trabajo estable después de ocho años para dedicarme por completo a mi propósito.
Mucha gente me preguntó si no tenía miedo.
Y claro que lo tenía.
Lo que pasa es que aquella decisión no empezó el día que firmé mi salida. Empezó muchos años antes.
Empezó cuando fundé una compañía de teatro musical con apenas 23 años y sin tener ni idea de cómo dirigir una empresa. Continuó cuando dirigí un área estratégica del Ayuntamiento de Alcalá de Henares. Después llegó una startup de ciberseguridad, Telefónica, conferencias y, entre medias, un libro que comenzó siendo un ejercicio personal y hoy ha cruzado fronteras (está en dos continentes).
Mirando hacia atrás, hay algo que une todas esas etapas.
Ninguna llegó cuando yo quería. Todas llegaron cuando estaba preparado para aprovecharlas.
Y creo que ahí está una de las mayores confusiones de nuestro tiempo.
Nos han enseñado que tener paciencia consiste en esperar. Esperar una oportunidad. Esperar el trabajo ideal. Esperar a que alguien nos dé una respuesta. Esperar el momento perfecto…
Yo creo que la paciencia no tiene nada que ver con quedarse quieto.
La verdadera paciencia consiste en seguir construyendo, aunque todavía no veas el resultado.
Eso es lo que yo llamo paciencia estratégica.
Y con ello no me refiero a la resignación o al conformismo. Tampoco es correr sin rumbo.
Es tomar una dirección y trabajar cada día, aunque el mundo todavía no te devuelva nada.
Vivimos en una sociedad acostumbrada a la recompensa inmediata. Publicamos algo y esperamos que se haga viral. Enviamos un currículum y queremos una llamada esa misma semana. Empezamos un proyecto y, si no funciona en unos meses, pensamos que nos hemos equivocado.
Pero la mayoría de las cosas importantes no funcionan así.
Las relaciones necesitan tiempo.
La confianza necesita tiempo.
La credibilidad necesita tiempo.
Y las personas también necesitamos tiempo para convertirnos en quienes queremos ser.
El problema no es tardar. El problema es permanecer inmóvil mientras pasa el tiempo.
Porque esperar y construir son dos cosas completamente distintas.
Puedes pasar un año esperando que cambie tu vida. O puedes pasar un año aprendiendo, creando, conociendo personas, equivocándote, corrigiendo el rumbo y preparándote para cuando aparezca esa oportunidad.
Desde fuera, ambos parecen haber esperado un año. Pero por dentro son personas completamente diferentes.
Eso es algo que veo constantemente en las personas con las que trabajo.
Muchos llegan convencidos de que necesitan una respuesta rápida. En realidad, lo que necesitan es una dirección. Porque cuando sabes hacia dónde caminas, el tiempo deja de ser un enemigo y empieza a convertirse en un aliado.
No todas las personas parten del mismo lugar. Hay quienes encuentran más barreras que otros. Hay historias marcadas por un despido, una enfermedad, una discapacidad, una pérdida o circunstancias que nadie elegiría.
Precisamente por eso creo que deberíamos dejar de juzgar a las personas por la velocidad con la que avanzan.
Cada uno recorre un camino distinto.
La pregunta importante nunca debería ser: «
¿Por qué todavía no has llegado?»
La pregunta debería ser:
¿Qué estás construyendo mientras llegas?
Porque esa respuesta lo cambia todo.
Al final, he descubierto que las oportunidades rara vez aparecen por casualidad.
La mayoría de las veces llegan cuando llevas tanto tiempo preparándote que, cuando por fin llaman a la puerta, ya eres la persona capaz de abrirla.
Por eso el mensaje que intento transmitir en cada conferencia, en cada mentoría y en cada página de mi libro es siempre el mismo.
Todo llega.
Pero no porque la vida termine premiando a quien espera.
Llega porque, mientras otros esperaban sentados, tú decidiste seguir construyendo.

David de Santiago Romero es conferenciante, mentor y autor del libro Todo Llega… cuidado con lo que deseas. Acompaña a personas y organizaciones a tomar mejores decisiones en momentos de cambio, combinando estrategia, desarrollo personal y experiencia empresarial.

