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La niñez, un ejercicio mental para siempre

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por Osvaldo Menéndez

Cada persona es un mundo y, dentro de ese mundo, el recuerdo permanente de la niñez es inexorable.

La pregunta es: ¿cómo fue ese transitar por esa etapa de la vida? ¿Qué recuerdos nos trae? Felicidad, olvido, rechazo, dolor, el mejor no acordarse, “lo borré de la mente”. El abanico de pensamientos puede tener varias aristas, y eso depende de las vivencias que cada uno ha experimentado al salir de los brazos que nos acurrucaban: de nuestros padres, que el destino nos designó; de quienes nos criaron; o de esa madre de padre desconocido, y viceversa.

Todo lo vivido en esa etapa de niño siempre vuelve a la mente. Las situaciones, los lugares, los tratos recibidos, las frases como eslogan que hemos atesorado, para bien o para mal, y que nos dijeron tantas veces quienes nos llevaron de la mano. También han servido de ejemplo, en muchas ocasiones, para ponerlas en práctica o para desecharlas ante las situaciones que se han presentado en esto de existir.

Un existir en el que, en varias ocasiones, nos vienen los recuerdos de esa etapa. A veces nos ha dejado marcados para siempre; incluso han aflorado algunas lágrimas por un maltrato que no merecíamos o algunas sonrisas, añorando momentos que supieron hacernos felices. La moneda, en la vida de cada persona, cayó de cara y la tomamos como ejemplo; y, a veces, una seca nos ha mantenido permanentemente entre grises y sombras, justamente por aquellos comienzos.

La permanencia de esos pensamientos está, nos guste o no, a la vuelta de cada esquina. El abandono de ellos depende de cada circunstancia que se atraviesa en esto de transitar la vida.

¿Quién no ha recordado con orgullo una frase que decía el viejo ante algo que, en ese momento, nos está ocurriendo? Recuerdo que mi papá decía: “Mamá, siempre que sucedía esto… nos recordaba tal cosa”.

Podemos, sutilmente, ser humoristas o también irónicos a la hora de interpretar y apelar a ejemplos. Vamos a hacer terapia porque lo necesitamos o porque nos lo recomendaron y, en el comienzo del diálogo con el profesional, más allá de la frase armada de “¿qué problema lo trae por aquí?”, nunca falta el “cuénteme cómo fue su niñez”.

Lo importante no es vivir pendiente de esos recuerdos. Si son malos, mejorarlos para poder ser feliz; y, si son buenos, transmitirlos a la descendencia como legado.

Volviendo al principio, la mente nunca deja de razonar. Eso es bueno, pero también puede ser perjudicial: se puede convertir en un anclaje que no deja despegar propósitos y emprendimientos; suele convertirse en un palo en la rueda de los proyectos.

Es preferible primero escuchar el corazón, sinónimo del vivir. Sus sensaciones, sus emociones y sus deseos nos conectan más rápido con las realizaciones, convirtiéndose en un camino más directo para arribar a la mente y concretarlas.

Osvaldo Menéndez
|* Periodista, docente, escritor y consultor en comunicación e imagen y estrategia política e institucional.