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No somos etiquetas

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por Nicolás Litman

A los 8 años me diagnosticaron con Síndrome de Tourette. Varios años después me enteraría de que en el combo se incluían ingredientes –mejor llamado síntomas- como los tics nerviosos, el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y el déficit de atención, hoy conocido como TDAH. Otro par de años más tarde me enteré de que, en el reparto de síntomas, no me tocó la coprolalia, que consiste en pronunciar insultos involuntarios o frases subidas de tono sin contexto alguno. Ese síntoma lo tiene el 10% de la gente con Tourette y es el que hizo un poco más popular a este síndrome en películas y series. Pero yo no lo tengo.

Más allá del glosario de síntomas, en mi infancia y mi adolescencia todas estas palabras escondían un mismo concepto: etiquetas. Que si muevo descontroladamente cada parte de mi cuerpo, soy mis tics; que si me cuesta concentrarme y me quedo dormido en clase, soy el TDAH; que si me obsesiono durante semanas con algo insignificante que no logro borrar de mi cabeza, soy el TOC. Pero, claro, las etiquetas no solo corresponden a los síntomas. El Tourette me etiquetó ansioso, depresivo, impulsivo, compulsivo, obsesivo y un sinfín de palabras terminadas en “-oso” o “-ivo”.

Uno pensaría que estas etiquetas vienen de los compañeros de la escuela que me hacían bullying, también de maestras poco comprensivas, o de algunos psiquiatras impiadosos, o de la sociedad en sí que a veces abraza, pero también a veces aleja. Sin embargo, hubo una persona en especial que me etiquetó, que me señaló, que me dijo las aberraciones más fulminantes.

Sí, adivinaste. Esa persona soy yo.

Capaz me creí lo que me decían los demás. Capaz esas etiquetas eran cómodas, como cuando vas a un local de ropa y la primera remera que te probas te queda como si estuviese hecha para vos: suave, justa, ideal. En definitiva, uno a veces hace lo que puede, y cuando los contextos son adversos, no tenés muchos reflejos para ver las cosas de otra manera, aunque quizá esa otra manera traiga consecuencias más lindas.

Sin embargo, en la adultez, pude prestar atención a otras palabras. Quizá algunas también terminaban en “-oso” o en “-ivo”, pero esas palabras me ayudaban a construir más que a destruir. Y quizá también sean etiquetas, no lo niego. Pero fueron fundamentales para desdramatizar palabras que me habían hecho daño. Aparecieron términos como gracioso, creativo, ingenioso, amable, amigo, amoroso.

A veces permitimos que nos definan las palabras que algunos llaman defectos. Pero… ¿qué pasa si escuchamos a nuestras virtudes?

Creo que uno puede cambiar lo que cree de sí mismo, ya sea porque otros te lo hicieron creer o porque uno mismo se autoconvenció. Requiere un trabajo profundo, sin tregua. Un esfuerzo que duele, eh. Pero estoy seguro de que desde que transformé mis propias etiquetas, mi vida es mucho más linda