La mentira que no muere: vacunas, autismo y el costo de repetir un error



Por Marcos Weiss Bliacheris
Hay mentiras que se desmienten una vez y desaparecen. Y hay otras que vuelven, cada tanto, con un traje distinto y un micrófono más grande. La que afirma que las vacunas causan autismo es de estas últimas. La ciencia la enterró hace más de veinte años, pero hoy circula de nuevo con el respaldo de funcionarios de uno de los gobiernos más poderosos del mundo.
Un fraude con nombre y apellido
En 1998, el médico británico Andrew Wakefield publicó en The Lancet un estudio con apenas doce niños que sugería un vínculo entre la vacuna triple viral y el autismo. El efecto fue devastador: en varios países cayó la cobertura vacunal y el sarampión, una enfermedad altamente contagiosa que se había vuelto rara, empezó a reaparecer.
Después se supo la verdad. Wakefield había manipulado los datos: algunos niños ya mostraban signos de autismo antes de la vacuna y otros ni siquiera tenían el diagnóstico. Además, cobraba de abogados que preparaban demandas contra fabricantes de vacunas. The Lancet retractó el artículo y Wakefield perdió su licencia para ejercer en el Reino Unido.
Desde entonces, decenas de estudios rigurosos, con millones de niños y equipos independientes en distintos países, no encontraron ninguna relación causal. El autismo tiene base genética y neurobiológica, y sus orígenes se remontan a la gestación, mucho antes de cualquier vacuna.
Por qué sobrevive
Que una idea sea falsa no basta para que desaparezca. Este mito persiste por tres razones.
- Ofrece una explicación simple a una incertidumbre difícil de tolerar: no hay una causa única y clara del autismo, y una respuesta falsa alivia más que ninguna respuesta.
- Se apoya en una narrativa vieja: durante décadas el autismo se presentó como una tragedia que evitar y no como una condición del neurodesarrollo que comprender. Esa mirada ya produjo otras teorías descartadas, como la de las «madres heladera», que cargaba la culpa sobre las propias madres. Quien cree que el autismo es una desgracia busca un culpable externo.
- Encontró portavoces con poder institucional.
Cuando el mito llega al Estado
En 2025 y 2026 el mito dejó de ser un rumor de foros para influir en decisiones de gobierno. El secretario de Salud de Estados Unidos, Robert F. Kennedy Jr., cuestiona hace décadas la seguridad de las vacunas y ha citado estudios metodológicamente débiles para sostener una hipótesis ya refutada. En agosto de 2026, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva que recomienda reducir de 17 a 11 las vacunas infantiles de aplicación universal y dividir la triple viral en tres inyecciones separadas. Durante la firma, vinculó la medida con el autismo, pese a que décadas de investigación no muestran ninguna relación entre vacunas y autismo. La Autistic Self Advocacy Network y la American Association of People with Disabilities documentaron, además, un patrón de decisiones que priorizan creencias personales por sobre el consenso científico, con impacto en programas de investigación y de apoyo a personas autistas.
Cuando las máximas autoridades de un país, desde el presidente hasta el ministro de Salud, repiten una idea desacreditada, no están «abriendo un debate»: le otorgan una legitimidad que ningún foro podría darle.
El sarampión vuelve
Según los CDC, Estados Unidos acumulaba al 1 de octubre 3.887 casos confirmados en 2026, el peor año desde 1991. Pensilvania es el epicentro, con 1.004 casos y cinco muertes. El lunes 5, la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul, declaró el estado de emergencia por desastre en todo el estado, el primero desde que los casos empezaron a crecer en 2025. Nueva York suma 108 casos, la mayoría en comunidades rurales con baja vacunación, y la medida habilita a parteras y farmacéuticos a vacunar.
Cuando la cobertura cae por debajo del 95%, el sarampión es el canario en la mina de la salud pública: vuelve sin importar si el origen es la desinformación o un liderazgo escéptico.
Un mensaje que cruza fronteras
Las decisiones políticas de Washington no se quedan en Washington. En América Latina, su eco tiende a ser mayor donde hay afinidad entre gobiernos. Javier Milei anunció la salida de Argentina de la OMS siguiendo los pasos de Trump y, en mayo de 2025, recibió a Kennedy Jr. en Buenos Aires, donde su gobierno anunció una revisión de los procesos de aprobación de vacunas. Hoy, con 32 casos confirmados en cuatro brotes a comienzos de agosto, el propio ministro de Salud pide públicamente vacunar a los hijos.
Brasil, aun con otro rumbo político, tampoco queda al margen: lo que se dice en el norte resuena en el sur. Los discursos que siembran dudas sobre las vacunas cruzan fronteras a través de las redes sociales y los grupos de mensajería, y pueden encontrar terreno fértil en un país donde la segunda dosis de la triple viral alcanzó apenas el 78% en 2025 y donde el Ministerio de Salud ya advirtió sobre el riesgo de reintroducción del virus. Las palabras del norte hacen eco en el sur, gobierne quien gobierne.
Lo que está en juego
Hay un segundo costo, menos visible. Cada vez que se insinúa que las vacunas «podrían» causar autismo, se refuerza la idea de que ser autista es algo que hay que evitar a toda costa. Esa narrativa lastima a las personas autistas y a sus familias, y desvía recursos de lo que de verdad hace falta: diagnóstico oportuno, apoyos adecuados, educación y trabajo inclusivos.
Contra el olvido
No alcanza con haberlo desmentido una vez. Hay que estar dispuestos a hacerlo de nuevo, tantas veces como sea necesario, cada vez que alguien con un cargo importante decida resucitarlo.
La ciencia no falló. Lo que falla, una y otra vez, es nuestra disposición a dejar que el poder político reescriba lo que la evidencia ya estableció con claridad.

