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El derecho de todos los jóvenes a acceder al trabajo

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por Lic. Ilda Martina Domínguez

En la Argentina actual se escucha, cada vez con mayor frecuencia, una preocupación creciente acerca de los jóvenes y su inserción en el mundo laboral. Se señalan cuestiones vinculadas a la falta de oportunidades, la desconexión aún presente entre el sistema educativo y el mercado productivo y la incertidumbre acerca de las habilidades requeridas para avanzar, entre muchas otras inquietudes. Paralelamente, surge como una alarma significativa el impacto subjetivo de este escenario: la erosión del deseo, la dificultad para proyectar a mediano plazo y la pérdida de la capacidad de soñar con un proyecto de vida autónomo.

Si esta realidad afecta de manera transversal a las nuevas generaciones, su gravedad se multiplica exponencialmente cuando observamos a los jóvenes en situación de pobreza. Para un joven que crece en un contexto de vulnerabilidad social, la falta de empleo no es solo un indicador estadístico, sino una barrera cotidiana que estrecha sus horizontes de posibilidad. En estos entornos, el trabajo deja de percibirse como un vehículo de movilidad social o de realización personal para convertirse en una estrategia de subsistencia inmediata, reduciendo el margen para la exploración, la vocación o la formación continua.

Sin embargo, dentro de este panorama complejo, es indispensable poner el foco en un factor crucial que suele invisibilizarse: la condición de discapacidad. Si ingresar al mundo laboral ya es un desafío para cualquier joven, para quienes tienen una discapacidad el escenario se vuelve francamente dramático.

A las dificultades generales se suman las barreras actitudinales de una sociedad que aún conserva prejuicios sobre su capacidad productiva, la falta de apoyos necesarios en sus trayectos formativos para generar una autonomía real y la escasez de redes institucionales que sostengan procesos que, con frecuencia, exigen un gran esfuerzo prolongado en el tiempo.

Garantizar el derecho al trabajo de las juventudes implica asumir, sin excepciones, que los jóvenes con discapacidad son parte de esa misma agenda. Requiere que el Estado, las empresas, las organizaciones de la sociedad civil y la ciudadanía en su conjunto nos comprometamos a generar conciencia y a activar la transformación cultural definitiva: aquella que deje de mirar a la discapacidad desde la carencia y comience a alojarla desde la equidad y la plena participación social.